Santurde, en mi historia personal

Texto de Eva Villar, publicado en La Ilera de marzo de 2003, número 1, páginas 11 y 12.

Puedo cerrar los ojos y recordar perfectamente hoy, los sonidos de aquellos tiempos en los que en La Plaza y en La torre transcurrían mis días de vacaciones en el pueblo: Santurde.

El agua de la fuente cayendo vigorosa y fuerte por uno de sus caños y perezosa e intermitente por el otro (el izquierdo, creo).Para beber había que situarse en el caño lento, subiendo una pierna hasta encontrar el bordillo del pilón, en esfuerzo descomunal para nuestras energías de pocos años y, cuando por fin se lograba semejante hazaña, ya de pie, doblarte hasta conseguir acercar tu boca a la boca de la fuente .Todavía hoy me pregunto por que razón misteriosa en ese momento crucial tras el esfuerzo, el caño dejaba de sacar agua. Nos acercábamos más y entonces un borbotón inesperado nos mojaba la cara, el vestidito y hasta la zapatilla... aunque lo de menos fuera la zapatilla ya que de tal acercamiento a la fuente siempre salía una mojada de agua y barro aunque fuera un día soleado y seco.

Santurde representaba para mí la familia extensa, el contacto con la naturaleza, con los animales de verdad y no aquellos de las estampitas de los libros de clase. ¡Ay, si yo contara anécdotas de la burrita, aquella, que tenía mi abuela “La Chaparra” desde hacía mil años y, sabía de meteorología y de comportamiento humano, mucho más que muchos intelectuales de hoy!

A Santurde íbamos mis padres y yo andando desde Santo Domingo.

El paseo era un trayecto que recuerdo muy largo al principio, con escalas de hasta cinco veces, reduciéndolas según yo iba creciendo.

De aquellos días me viene a mí, mi pasión por los viajes, mi voluntad por llegar a los destinos y mi capacidad de esfuerzo físico que tan útil ha sido luego en mi vida profesional.

Trabajando por la justicia social, en Cooperación Internacional, (ya sabéis, el trabajo que desde ONG,s se realiza impulsando programas de desarrollo integral en los países llamados del Sur - pobres -) viajé por América Latina y África donde pude conocer muchos pueblos y comunidades desfavorecidas.

Llegar, a veces, a los lugares más abandonados, es decir, a los más necesitados de apoyo interno y externo, era tarea difícil no sólo por la burocracia del país en cuestión ,él cual quería ocultar a los extranjeros su incompetencia al tener áreas tan desoladas, sino también porque era una cuestión de esfuerzo físico por nuestra parte.

Muchas horas en coche por carreteras de tierra, andar luego unas 9 y 10 horas antes de llegar a la primera comunidad para una vez allí poder reunirnos con toda la gente y ver entre todos si lo que ellos necesitaban para mejorar su calidad de vida, podíamos nosotros apoyar.

En todas esas reuniones, que al principio eran de sorpresa al ver que era una mujer la que llegaba hasta ellos como única extranjera, siempre me preguntaban lo mismo: ¿Cómo ha llegado hasta aquí seña, o doñita, o compañerita? según el lugar, te denominaban de una u otra forma.

Mi respuesta también era siempre igual: porque yo también vengo del pueblo y me gusta llegar a los pueblos, no importa lo lejos que estén y las escalas que tenga que hacer para conseguirlo.

La alegría de llegar a esos lugares recónditos donde pocos occidentales tuvieron acceso, era similar a la que yo sentí tantas veces al llegar a Santurde y divisar al abuelo Ricardo en la plaza esperándonos por si acaso llegábamos ese día ...y, saludar con un abrazo a la “seña” Maximiana para vosotros, la abuela Samañana, para mí.

Yo nací en Santo Domingo de la Calzada que cantó la gallina después de asada pero, mis orígenes están también en Santurde, el pueblo donde aprendí a contar el tiempo al sonido de campanas y saber si era mujer u hombre el que había fallecido, a contar el primer aviso y el segundo antes de la Misa del domingo. A esquivar las embestidas, producidas en mi imaginación, de los toros que traían a beber al pilón, cuya fuerza me parecía mil veces superior a la del señor que les sujetaba con una minúscula cuerda. Y, aprendí sobre la reproducción animal, al compás de aquella chica que con un palo en la mano, corría detrás de una cerda en celo de la calle Arriba a la calle Abajo (o al revés).

A disfrutar de una buena comida familiar a la sombra de las choperas de Zaldo. A ver, desde los Arcos en tarde de lluvia, correr a las mamás gallinas seguidas de polluelos hacía sus respectivas casas. A pasear junto a toda la gente del pueblo, a modo de divertida procesión, por la carretera del pueblo hasta el cruce en cualquier tarde de domingo.

Me acostumbré a saborear el silencio de los pueblos a la hora de las siestas. A conocer a todos los habitantes de un mismo lugar por su nombre, o apellido, o sobrenombre o aspecto físico. Y lo más importante a luchar por que las zonas rurales no desaparezcan de ninguna parte del mundo. Pudiendo contar con entornos naturales habitables, es decir, con pueblos que cuenten con servicios de todo orden, suficientes, para satisfacer las necesidades y expectativas de sus habitantes. •