El fin del mundo para ELLOS

Texto de Juan Borrega, publicado en La Ilera de agosto de 2004, número 3, página 16.

Él lo había presentido, o quizás, sólo era memoria de otras ocasiones en las que presenció hechos similares; días en los que el dios de la tierra estaba cabreado y arrasaba distintos lugares con la mano, ora de la ira, ora de la indiferencia; días de muerte en los que los cadáveres, brillaban en la humedad del rocío, líquidamente hacinados sobre el intenso verde que el agua, el sol y la mañana confieren a la vegetación.

Al principio fue un leve temblor de tierra, un acompasado discurrir sonoro que abrazaba la maleza llenándola de quejidos; voces verdes arropadas desde los árboles por trinos arrogantes que cruzaban sin huella el silencio del aire, aquella mañana quieto.

Se sintió intranquilo y cambió de posición. Una mariposa ejercitaba su circunloquio absurdo y vital sobre una mata de margaritas, un perro enmarañaba desde lejos su voz con la de todos los demás y los rayos del sol se encaramaban caprichosamente sobre las cosas. Todo normal.

Después fue la sombra. No la noche, que te invade los ojos hasta que te acostumbras a ella, hasta que te hace suyo, como hacen los nenúfares con los estanques que los acogen, como hacen unas cosas con otras, sino la sombra, la que te oculta el hecho, la que se mece frente a ti un instante antes de la tragedia.

Él supo que ninguno de ELLOS le habían visto llegar, que ninguno percibió el estruendo de luz que el sol volcó sobre el metal que expulsaba la muerte. Polvo y agua, agua y polvo que no se convertirían en barro.

-Putos pulgones, me van a dejar sin tomates -dijo el hombre, mientras intentaba rociar con el veneno un moscón que pasaba cerca-. ¡Joder como pesa esta candaja!

Él supo que el dios de la tierra había hablado porque volaba cerca de él cuando lo hizo, pero no le entendió.

Y tuvo miedo cuando algunas gotas de aquél líquido le alcanzaron mientras escapaba. •